Hipnotizado me dirigía hilvanando mil recuerdos , enunciando las voces de mis sueños que me desquiciaban y me impulsaban a seguir con mi última y desgraciada empresa en este mundo, armado con machetes, cuchillos, tenedores y mi vieja 357 observaba en el horizonte la guarida del Gran Jefe, su sucia y maldita morada.
Sabía de antemano que no sería sencillo, que tendría que deshacerme de todos sus súbditos antes, de sus perros, de sus golfas, de su ejercito de carroñas, pero el odio que me habitaba era más fuerte que yo y que todos ellos juntos, mi antiguo ser incapaz de lastimar siquiera a una bestia habia sido erradicado de este molde marchito, ahora no tendría empacho en cortar y lacerar cada un de sus inservibles miembros. Fué así que de pronto me encontré frente a frente con la noche devorando vivo al atardecer que liberaba sus últimos rayos de luz, por mi parte me sentía agobiado de felicidad, como cabalgando salvajes corceles rojos, bellos e intempestivos como tornados que habrían de llevarme retozantes al final de mis pesadillas.
Al llegar a su fortaleza, me quede instalado estático en uno de sus grandes paredones, vigile por algunos minutos a sus escoltas nocturnos, al primero lo degollé delicadamente; cubrí su boca con mi mano y remate después con mi machete, al siguiente, en el otro extremo, le clavé mis múltiples púas mientras este, perdido en sus sueños no hizo gesto alguno, hube de continuar y terminar a tiros a sus galgos escandalosos para después prenderle fuego a la bodega trasera con su ejercito de malnacidos encerrados dentro. Todo fue tan placentero y simple como se suponía, que al salir de mi profundo y liberador trance, la noche parecía ya una estrepitosa feria; con los gritos y sollozos de los chamuscados y la luz del fuego restregándose en mi piel, los cuerpos de algunas piltrafas tumbadas sobre el camino de piedra y su sangre esparcida entre los matorrales.
Ví sin querer el rostro del Gran Jefe asomarse entre las rendijas del ventanal principal, este daba ordenes de aniquilamiento a sus golfas en contra de mí, quienes armadas hasta los dientes salieron casi desnudas disparando tratando de asustarme, pero el miedo habia quedado kilometros atrás, abismales meses atrás. Me refugie en el techo, entre la oscuridad esperando un instante de confusión y distracción de su parte para concluir sus vidas, pero estas desistieron de inmediato al ver el panorama que dibujaba incontables visiones de muerte y desolación, ellas dejaron caer sus armas y abandonaron el lugar de inmediato, tan solo quedó alguna, presa de un ataque de nervios enclaustrada de rodillas en sí, me acerqué despacio y le ofrecí mi mano para ayudarla a morir, pero ella prefirió arrancarme el dedo meñique con sus dientes y apuñalar mi pie derecho repetidamente, pero yo no sentía nada, habia perdido la facultad de dolor que es lo único que le pertenece a un hombre vivo, tomé un tenedor y se lo clavé entre los ojos , rengueando le amarre una soga al cuello y la colgué como a una gallina, después le prendí fuego, intente después dispararle pero mi arsenal habia sido rebasado, solo se escuchaba yá el triste clickeo del revolver vació…….no tenía ya nada conmigo y faltaba aún la mejor parte.
Entré entonces al aposento del Gran Jefe, abrí sutilmente la puerta de roble, entré despacio sin hacer ruido, no quería ofrecer más molestias de las acordadas con anterioridad, se respiraba una atmósfera tranquila coloreada por las cortinas rojas de los ventanales y la luz de las llamas que por momentos se colaban por sus fisuras, mil recuerdos pasaron por mi mente; como cuando al borde del shock se contrae la memoria, sin querer me dí cuenta que de mi mano brotaba un chisguete curioso de sangre y que mi bota estaba carcomida casi a la mitad. Él Gran Jefe estaba al fondo de un gran corredor aplastado en un sofá sujetando entre sus brazos un retrato, tomaba Tres Herraduras a capela, camine despacio hasta él; lo miré más viejo, más delgado y consumido, como un rostro al cual le han arrebatado sus facciones, al dirigir mi mirada a la suya note miedo en sus ojos, el Gran Jefe parecía asustado, tomo un largo trago directo de la botella y me balbuceó algo incomprensible, no le dí importancia y avancé un poco más hacia él, observe un poco de sabiduría cuando transformo su mirada en otra llena de resignación, retiró el retrato de su pecho y me lo mostró como defendiéndose con un crucifijo………………era él varias décadas atrás, en su juventud, con sus castaños cabellos cubriéndole su frente, su tez intacta, sus cejas pobladas y su mirada profunda. Regresé por un instante al mundo de los vivos y no pude contener el llanto, era idéntico a mí….era yó sonriendo alguna vez en él hacia mucho tiempo……Llorando abracé su cuello con mis manos para arrebatarle la vida, llorando le quite el aliento, me quite el aliento……..Nos quitamos ambos el aliento.
Lo cargué entre mis brazos para prenderle fuego al amanecer, mientras me decía para mis adentros que sus cenizas no pertenecerían jamás a un cementerio, a un playa celestial, ni habrían nunca de hacer crecer a nada debajo de un árbol fulgurante de vida, su lugar sería el ir y venir del viento abrumador de este cruel desierto perdido en la nada….allí se quedaría para siempre.
Entonces escuche su voz dentro de mí diciendo:
“todo esto que esta a tu alrededor será tuyo cuando yo muera; serás dueño de la rabia y la peste, de la burla y el odio, todo esto será solo para ti”.
Ahora todo aquello que nunca anhelé me pertenecía, era todo mió.

“Dedicado a mi querido padre que habita en mí, en cada paso
y rincón de mi naturaleza.”

