miércoles, 10 de marzo de 2010

El Gran Jefe. Parte I



El gran jefe me dijo alguna vez, borracho hasta el tuétano lo que esperaba de mí; me dijo que tal vez en ese entonces estaría muy pendejo para comprenderlo, que no tenía idea de lo que un hombre era, que tenía demasiado cabello en la cabeza y por eso no pensaba correctamente, que a su lado dejaría de actuar como un marica para convertirme en lo que él era; una verga, que de ser necesario debería quemar con napalm a la humanidad en pos de ser una verga, una verga embrutecida en tequila para tomar las decisiones más infames, las más torcidas en pos de seguir siéndolo.
Recibí mil insultos al principio, dado mi estúpida condición imberbe, dado mi tonta e inútil abnegación hacia mis principios y mis prejuicios sobre lo correcto, pero poco a poco fui entumiendo mis músculos, agrietando los nudillos de mis puños, contabilizando los golpes de una y otra borrachera triste. Observaba de cerca la envidia de las personas hacia las personas, la capacidad inhumana de los semejantes para ahogar en llamas a sus semejantes para preservar su lugar cercano a los ojos del gran jefe. Aprendí un poco de cada cosa.
Fue entonces que conocí el odio; nunca antes lidie con él, y no es cosa de juego, te penetra como un demonio, nubla tu sensatez y divagas en las atrocidades más oscuras, después vienen los escalofríos y al final un limitado control de tu persona, gracias al cielo habrá terminado después de algunos minutos dantescos, pero ya nuca serás lo mismo, ahora el odio será un habitante dentro de ti, como alguien que vigila escondido detrás de una puerta entreabierta esperando a irrumpir en el próximo acto.
Peleé con putas rabiosas, traileros empastillados, cantineros malhumorados sabelotodos, recorrí millones de kilómetros enteros mirando paisajes sin gracia, gente similar en todas partes, durmiendo encima del musgo u hoteles de cinco estrellas, en opulentos lofts sofisticados o en el lodo del aparcamiento, lo mismo era para mí, de cualquier forma las pesadillas siempre acudían a la misma hora y el sonido mounstroso de la Wensson 357 siempre me despertaba incondicionalmente seteado en el mismo infierno……. un desierto solitario en medio de los lúgubres versos del viento con sus fantasmas encadenados; un infierno insostenible, el cuál poco a poco me fue siendo más placentero, más necesario y el cuál pronto se convirtió en mi forma de vida. De pronto mis sonrisas se esfumaron, mis conversaciones dejaron de ser transparentes, el canto de mi voz se había desvanecido, complacía a mis fines sometiendo a mis medios, engañaba, pretendía, robaba, evadía, maldecía, señalaba, me hinchaba en todo lo que me hiciera parte y a la vez me alejara de todo, desistí de mi persona y pasado, herí a mis hermanos e insulte a mi madre, les di de comer veneno a mis perros hambrientos que cuidaron mi espalda por las noches, dispare en contra del cielo tratando de aniquilar sus estrellas para así en el fondo aniquilarme, aniquilarme de mí…………………………………………………………………………………………. Hasta que un día el gran jefe estuvo orgulloso, me miro a los ojos, y me dijo:
“todo esto que esta a tu alrededor será tuyo cuando yo muera; serás dueño de la rabia y la peste, de la burla y el odio, todo esto será solo para ti”.
Entonces lo amé, en ese momento; cuando fui dueño de su gracia y su mirada estuvo a mi corta altura, le dije que no habia venido para arrebatarle todo aquello, que había venido porque trataba de encontrar algo que nunca había poseído, algo que tal vez sin querer habia estado buscando, un padre………………………………..
El gran jefe me miro conmovido, después su rostro se transformo como un huracán cuando se sucede en grandes proporciones, me abofeteó tan fuerte que la agudeza que sentía en mis oídos nublo mi percepción, salí entonces corriendo mientras el gran jefe me gritaba que jamás debía de volver, que lo había defraudado, que se había equivocado, que no dejaría nunca de ser una niña corriendo tras las faldas de su madre.
Corrí trastabillando sobre la arena del desierto, como un coyote a medio morir que escapa con un tiro en la oreja, con la luna en sus hombros que tenuemente le muestra su indeciso destino como las negras notas de un Rachmaninof.
Tiempo seguido me refugie en mil puteros, decenas de cantinas, en picaderos, me volví un ente que reacciona a respuestas físicas y no a emociones, deambulé por los callejones y esquinas ebrío, durmiendo en las marquesinas de los cines, pero ya no lograba distinguir entre mi vida y un filme viejo, la locura me habia llegado, toco a mi puerta y yo la deje entrar sin querer para que me chupara la sangre, las mujeres que antes me habían amado me miraban caminar perdido entristecidas, apenadas de mi destino, tan solo caminaba como un sonámbulo que se embadurna con sus pensamientos desorganizados, eso era lo unico que me sobrevivia.
A veces el odio regresaba conmigo por las noches, como un siamés maldito, tramaba conmigo, maquinaba mi mente, me decía que todos los asesinos muertos volverían por un instante para convertirse en mí y así poder satisfacerlo, que solo asi terminaría yo con todo esto y todo esto conmigo. Asi que comencé a obsesionarme con nuestra venganza, a trazar el destino del gran jefe; pensé en clavarle un ciento de clavos de vía y prenderle fuego, cortarle la cabeza y empalarlo con una barra plana, mil docientas formas para inmolar mi odio, trescientas maneras para borrar el pasado. Para llorar como se hace en silencio; matándolo.
Mi nombre -testifiqué- sucumbiría en la oscuridad………………….

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